top of page

Nacionalismo futbolístico: el fútbol como constructor de identidad nacional

Foto del escritor: Max Sopena Rey
Max Sopena Rey
26 jun. 2018
13 min de lectura

Actualizado: 17 nov. 2021


1. Introducción: conexión entre fútbol, política y nacionalismo.


“Rara vez el hincha dice ‹‹Hoy juega mi club››. Más bien dice: ‹‹Hoy jugamos nosotros››. Bien sabe este jugador número doce que es él quien sopla los vientos de fervor que empujan la pelota cuando ella se duerme, como bien saben los otros once jugadores que jugar sin hinchada es como bailar sin música.” (Galeano, 2015: 7).

Dos mil dieciocho, año de mundial de fútbol. Verano en el que 32 naciones pelearían por ganar en la que es posiblemente la competición más importante del deporte de masas por excelencia. Un evento, y un deporte, que visto des de una perspectiva analítica refleja muchas de las dinámicas y realidades políticas.

El futbol es el deporte de equipo más practicado y seguido del mundo, lo que le convierte en el deporte de la masa. Es indudable y diaria la conexión e influencia del futbol con la economía, pero asimismo, también es clara la conexión que mantiene con la política. Algunos de los ejemplos más claros los encontramos en los casos en que ha servido como trampolín para saltar a la política: casos como el presidente del Barcelona Joan Laporta o el del exjugador George Weah son algunos de los más sonados[1].

Pero más allá de servir como escaparate político, el futbol ha servido como espejo y objeto para la protesta. El ejemplo más reconocido se produjo a principios de los 80 en Brasil, durante el fenómeno conocido como ‘Democracia Corinthiana’. Momento en el que los jugadores del Corinthians, capitaneados por Sócrates, salieron al campo con una camiseta que incitaba a la población brasileña a votar para acabar así con la dictadura.

Teniendo en cuenta los orígenes del futbol, no es de extrañar que el fútbol sea el deporte de masas por excelencia ni que los regímenes políticos vieran en él la manera de canalizar las emociones y frustraciones nacionales. Y es que el futbol se remonta al siglo XIX, más concretamente a la clase obrera trabajadora de las fábricas inglesas (Oliven & Damo, 2001). El deporte, y concretamente el fútbol, sirve para tapar la situación de los barrios pobres, dando una salida a unos pocos que se convierte en la esperanza de unos muchos[2].

“Los futuros jefes de la sociedad aprendían a vencer jugando al fútbol en los patios de los colegios y las universidades. Allí, los cachorros de la clase alta desahogaban sus ardores juveniles, enderezaban su disciplina, templaban su coraje y afilaban su astucia. En el otro extremo de la escala social, los proletarios no necesitaban extenuar el cuerpo, porque para eso estaban las fábricas y los talleres, pero la patria del capitalismo industrial había descubierto que el fútbol, pasión de masas, daba diversión y consuelo a los pobres y los distraía de huelgas y otros malos pensamientos.” (Galeano, 2015: 28)

Tal es esta relación entre fútbol y política, que como nos dice Screti (2010), podríamos modificar la famosa frase de Clausewitz y afirmar que el fútbol es la continuación de la guerra con otros medios. A lo largo de este escrito analizaremos este argumento, centrándonos en como el fútbol tiene implicaciones nacionalistas.

Desde la teoría política, son muchos los autores que nos han intentado definir qué es una nación. Uno de los teóricos en la cuestión nacional más relevantes como fue Ernest Renan (2006), nos la define como más que una suma de individuos que comparten un territorio o un idioma, es un alma, es decir, no solo como una voluntad de futuro sino también como aquello que somos. Por su parte, el historiador Eric Hobsbawn (1991) nos dice que el concepto de nación es relativamente reciente en los últimos siglos y que esta se caracteriza precisamente por su modernidad.

Partiendo de estas definiciones, que tratan el concepto de nación con elementos de sentimiento nacional, surge un amplio debate y definir categóricamente nación se nos antoja tarea complicada. Pese a eso, entendemos que para hablar de nación, es condición de posibilidad su existencia en un imaginario colectivo; y este se genera sobre la base de sentimientos, que sirven de nexo entre la cultura y la propia idea de nación.

En la edad moderna, el Estado se legitima en tanto que representa a una nación. Nación implica ciudadanía. Así, a las elites de cada estado les interesa fomentar el nacionalismo entre las masas para basar en él su legitimidad. Y es aquí donde encontramos la estrecha relación con el deporte, concretamente con el fútbol, ya que la política de masas se siente atraída por la capacidad del deporte de despertar la energía popular y movilizarla de forma efectiva.

El fútbol devendrá como espejo reflectante de las identidades sociales construidas en otros espacios, ya sean sociales, culturales o políticos. Así, una victoria futbolística del equipo al cual los hinchas apoyan se convierte en capital simbólico; crea identidad, llenan un vacío y justifican un sentimiento. La forma de jugar del equipo representará el “alma” de la nación, así como los once jugadores representan a una ciudadanía que deposita sus esperanzas en ellos.

“El fútbol eleva a sus divinidades y las expone a la venganza de los creyentes. Con la pelota en el pie y los colores patrios en el pecho, el jugador que encarna a la nación marcha a conquistar glorias en los lejanos campos de batalla. Al regreso, el guerrero vencido es un ángel caído” (Galeano, 2015: 230).

El fútbol es capaz de establecer un lugar al país en el sistema; coloca a la nación dentro de un contexto de naciones que interactúan. Pocas son las naciones que han conseguido ganar en un mundial e incorporarse al G8 futbolístico[3] del que la población pueda enorgullecerse. Y es que tal como nos dicen Oliven y Damo (2001: 9) “cuando los enfrentamientos son entre los seleccionados nacionales, entonces florecen nacionalismos de todos los matices, inclusive viniendo de ciudadanos considerados cosmopolitas”.

Volviendo a la oración inicial reformulada por Screti (2010). El sistema instaurado post IIGM, siendo este mayoritariamente capitalista, ve alterada la visión que se tenía sobre los conflictos bélicos en la opinión pública. No puede volver a producirse un conflicto bélico de tales dimensiones, en tanto que de ser así causaría la destrucción del planeta. En la sociedad moderna vemos como el deporte ha relegado a la guerra como método de confrontación de naciones por los recursos limitados. En este sentido, Hobsbawm nos dice que “tras el período entre las dos guerras mundiales, el fútbol se convirtió en un espectáculo de masas en el que se enfrentaban personas y equipos que simbolizaban Estados-nación” (Hobsbawm, 1991, citado en Goig, 2006). El deporte sirve como solución ante la imposibilidad de la competición, haciendo competir las naciones (o clubes) entre sí por un trofeo que simboliza la escasez de recursos: un solo ganador y muchos perdedores (Screti, 2010).

Esta relación fútbol-guerra la vemos también, como apunta Screti (2010), en su léxico. Observamos cómo las palabras clave utilizadas en el fútbol son de origen bélico: ataque, defensa, capitán, rival, estrategia, disparo… El propio entorno representa una guerra entre dos tropas siendo los entrenadores los generales y estrategas, los jugadores los soldados, el campo de juego el territorio en disputa…

Es cierto que a medida que con la globalización las selecciones nacionales han ido perdiendo fuerza a favor de los clubes, pero, aun así, el evento que mejor representa la pasión y la identidad nacional se observa en los mundiales. Que se producen cada 4 años y realzan la emoción del hincha por obtener una victoria que le coloque en lo más alto, aunque sea solo en la banalidad que representa ser vencedores de un torneo deportivo. Y aunque sea solo por un momento, olvidando así el malestar social en el que se ve sumido.

Y en este sentido, mucho ha tenido que ver la difusión y el desempeño de los medios de comunicación fortaleciendo la construcción de un imaginario nacional común (Goig, 2006). Los gobiernos, a través de estos se han servido de la selección masculina de fútbol para construir nación, para inculcar unos valores nacionales y un orgullo patrio que no han conseguido generar por otros medios (González López, 2016).

Y así ha sucedido, sobre todo en los últimos tiempos en el caso español. Un caso singular de entre todos a nivel mundial y en el que el fútbol y política han mantenido una estrecha relación.


2. España: de la furia española a La Roja


En España, la relación entre régimen político y fútbol proviene de años atrás. De hecho, tal como apuntan y coinciden los tertulianos de Fort Apache (2013) la España actual no podría entenderse sin el fútbol, en tanto que es un fenómeno social, económico, de ocio y con muchísima presencia en la vida diaria española. De hecho, la relación directa entre política y fútbol en España es evidente al observar que una de las tres mayores competiciones, la Copa del Rey, rinde homenaje al jefe del Estado[4].

Ya en los años cuarenta el dictador Francisco Franco politizó el deporte a través de los medios de comunicación transmitiendo un mensaje patriótico y asumiendo un relato que simbolizaría el mito de la furia española. El origen de este mito nació ya en los juegos olímpicos de 1920 (Noci, 2016).

Este mito era el claro símbolo de la imagen que quería vender el régimen. Entendía a los futbolistas de la selección masculina, y por tanto a todos los españoles en tanto que representantes de ellos dentro del campo, como hombres valientes, llenos de coraje y atrevimiento, con espíritu de lucha y de acciones heroicas (González López, 2016).

En caso de derrota, esta se justificaba con el argumento de que los jugadores no habían sacado su españolidad y se había tenido mala suerte. Y así fue durante muchos años donde la selección española masculina de fútbol encarnó la imagen del régimen[5].

Y en el caso Español, la política se entremezcló con el fútbol también a nivel de clubes, puesto que algunos de estos representaban a los territorios y a los diferentes nacionalismos del país. Claro es el caso del Barça y su politización como equipo catalán y catalanista[6] o el del Athletic Club como equipo representante del País Vasco. De la misma manera, el Real Madrid ha sido tradicionalmente símbolo de las elites de derecha españolistas.

Así, si el Barça significa ser genéricamente catalanista, el Madrid representa el españolismo. Derivado de esto también podríamos entender el nacimiento del club vecino catalán, el Español; que como el propio nombre indica surgió como reacción centralista al Barça y ha representado tradicionalmente y de forma genérica a los castellanos en Cataluña (Alcaide Hernández, 2009).

De hecho, anteriormente ya se ha dicho que la manera de jugar representa el “alma” de la nación. El Barça, un club catalán que realiza un juego moderno y vistoso, con los grandes talentos a nivel mundial y con un buen trato al balón; frente al Real Madrid, con jugadores con garra y espíritu, con un “gen especial” que no tienen los demás para las grandes citas. O al menos eso es lo que se vende en los medios de comunicación. Esta guerra de clubes se ha procurado atenuar con la selección.

Con el paso de los años en dictadura y los pocos éxitos de la selección nacional España se toparía con un gran complejo de inferioridad. Pese a realizar el mejor fútbol, al menos a su parecer, seguían sin ganar, dando una imagen de retroceso respecto a los demás. Imagen que, de nuevo, era claro espejo de la situación política, económica y social de España.

Con la caída del régimen y el proceso de transición los discursos nacionales relacionados con el fútbol se fueron remodelando. Las identidades nacionales que se habían visto atacadas y reducidas, como la catalana y la vasca, procuraron que se aunaran a la identidad nacional española. El mito de la furia española fue sustituido progresivamente, puesto que estaba claro que estaba resultando un fracaso, por uno más amplio como es La Roja. Esta, en los últimos años, ha sido uno de los instrumentos políticos que con mayor éxito ha conseguido fomentar y cohesionar la nación española (González López, 2016).

Dos mil ocho llegaría con la crisis pero también con la primera victoria en los años modernos de la selección masculina de fútbol. Con la consecución de las dos copas de Europa, en 2008 y 2012 y, sobre todo, el mundial de 2010, La Roja pasaría a considerarse un equipo ganador y temido a nivel mundial. Esto es visto por los gobiernos como una oportunidad para la difusión de la marca España, siendo este mucho más visible y reconocido que antes, a su vez que convertiría el fútbol en un activo económico importantísimo.

Los españoles podían sentirse orgullosos de su país, de sus jugadores y de ser los mejores en este deporte. Bajo los cánticos “a por ellos” o “yo soy español” los medios impulsaron este sentimiento de unidad, puesto que “es la selección de todos”. Estos cánticos aglutinadores se pueden considerar como sustitutivos de no tener letra en el himno nacional.

La élite política fue capaz de entender estas oportunidades que les brindaba el fútbol. Así, en tiempos de bipartidismo tanto PP como PSOE se valieron del fútbol para obtener votos y promocionar una idea de España adaptada a sus intereses (González López, 2016).

Las victorias de la selección han sido capaces de eclipsar las manifestaciones independentistas, restándoles visibilidad en los medios y demostrando que “la unión hace la fuerza” (Screti, 2010). A su vez, también han sido capaces de esconder la terrible situación de crisis vivida en el país, al menos por unos días[7].

En los últimos años, la tensión nacionalista futbolística en España ha sido trasladada de nuevo al ámbito de clubes. Convirtiéndose de nuevo el Barça en foco de atención del independentismo catalán. El fútbol ha servido como escaparate de protesta, siendo uno de los casos más sonados la pitada al himno español y al rey en la final de la Copa de 2012 que enfrentaba al propio club catalán contra el Athletic de Bilbao. Últimamente, la pitada se ha convertido en una especie de tradición y cada año los medios hacen eco de la supuesta creciente politización del fútbol en España.


3. Conclusiones


Inicié este artículo planteando la relación entre política, fútbol y nacionalismo. A lo largo de este hemos podido comprobar que son muchos los puntos en común entre estos tres conceptos. A su vez, partiendo del planteamiento de Screti (2010) formulamos la idea metafórica de que el fútbol ha ido derivando en una nueva manera de representar la guerra entre naciones.

Partiendo de la base teórica de autores como Renan u Hobsbawm hemos definido, no de forma categórica, el concepto de nación y concluimos que este concepto incorpora y, en parte, necesita de la existencia de unos sentimientos identitarios de la ciudadanía. Es así, un concepto que traspasa más allá de una simple delimitación territorial.

Así, la idea de nacionalismo puede verse expresada de múltiples formas y en múltiples escenarios, siendo el fútbol uno de los más claros. El fútbol se ha convertido en más que un deporte y un canalizador de emociones personales. El fútbol sirve como canal político.

En los últimos años se ha criticado mucho el hecho que se entremezcle política y fútbol; pero eso no es un hecho casual. Su politización viene de años atrás, el fútbol siempre ha sido y será político. Nació bajo un contexto político en los barrios obreros ingleses y a lo largo de su historia siempre ha representado intereses de un conjunto de población, desde la protesta por una democracia del Corinthians de Sócrates hasta la pitada al himno nacional español en la final de la Copa del Rey.

Las élites siempre han sabido de la importancia del deporte en la sociedad, de ahí su tendencia creciente a una mercantilización y globalización. En el fútbol desbordan sentimientos y los partidos políticos lo saben. Todos los partidos políticos querrían despertar las pasiones que despierta el fútbol. Y de ahí a utilizarlo como vía de escape ante los fracasos políticos. De la misma manera, las élites económicas ven en el fútbol el gran escaparate para su promoción, convirtiendo lo que originalmente nace como un juego en un gran mercado.

Al final el fútbol no es solo fútbol, no son solo 22 jugadores detrás de un balón, es todo lo que implica y lo que le rodea, un fenómeno social con sus relaciones de poder y sistemas simbólicos.

 “El juego se ha convertido en espectáculo, con pocos protagonistas y muchos espectadores, fútbol para mirar, y el espectáculo se ha convertido en uno de los negocios más lucrativos del mundo, que no se organiza para jugar, sino para impedir que se juegue. La tecnocracia del deporte profesional ha ido imponiendo un fútbol de pura velocidad y mucha fuerza, que renuncia a la alegría, atrofia la fantasía y prohíbe la osadía.” (Galeano, 2015: 2)

4. Referencias


Alcaide Hernández, F. (2009). Fútbol: fenómeno de fenómenos. Madrid: LID.

Bolaños Gamarra, J. (2017, septiembre 17). La estrecha relación entre fútbol y nacionalismo. Recuperado 22 de junio de 2018, a partir de http://www.paginasiete.bo/ideas/2017/9/17/estrecha-relacion-entre-futbol-nacionalismo-152235.html

Cabello, A. M., & Manso, A. G. (2011). Construyendo la masculinidad: fútbol, violencia e identidad. RIPS. Revista de Investigaciones Políticas y Sociológicas, 10(2). Recuperado a partir de http://www.redalyc.org/resumen.oa?id=38021386005

Fort Apache. (2013). Fútbol ¿Deporte, política o solo un negocio? Recuperado a partir de https://www.youtube.com/watch?v=trO0uuiQunY

Galeano, E. (2015). El fútbol a sol y sombra. Madrid: Siglo XXI de España Editores, S.A.

Goig, R. L. (2006). Clubes y selecciones nacionales de fútbol. La dimensión etnoterritorial del fútbol español. Revista Internacional de Sociología, 64(45), 37-66.

González López, C. (2016, marzo 12). Fútbol y Nacionalismo. Recuperado 22 de junio de 2018, a partir de http://www.hastapenak.com/fuacutetbol-y-nacionalismo.html

Hobsbawm, E. J. (1991). Naciones y nacionalismo desde 1780. Barcelona: Crítica.

Noci, J. D. (2016). Los nacionalistas van al fútbol. Deporte, ideología y periodismo en los años 20 y 30. ZER - Revista de Estudios de Comunicación, 5(9). Recuperado a partir de http://www.ehu.eus/ojs/index.php/Zer/article/view/17442

Oliven, R. G., & Damo, A. S. (2001). Futbol y cultura. Buenos Aires [etc.]: Grupo Editorial Norma.

Peinado, Q. (2014). Futbolistas de izquierdas (5. ed). Madrid: Léeme Libros.

Renan, E. (2006). ¿Qué es una nación? =: Qu’est-ce qu’une nation? (2 ed). Madrid: Sequitur.

Screti, F. (2010). FÚTBOL, GUERRA, NACIONES Y POLÍTICA. Razón y Palabra, 15(74). Recuperado a partir de http://www.redalyc.org/resumen.oa?id=199516111038

Smith, R., & Peltier, E. (2018, junio 10). El fútbol de los barrios marginales define a la selección francesa. The New York Times. Recuperado a partir de https://www.nytimes.com/es/2018/06/10/francia-mundial-kylian-mbappe/

Sotelo, S. H. S. (2017). Democracia corinthiana: una reflexión política desde el fútbol. Red Política, 1, 7.

Villena, S. (2002). El fútbol y las identidades. Balance preliminar sobre el estado de la investigación en América Latina. Iconos. Revista de Ciencias Sociales, (14), 126-136.



[1] Joan Laporta pasó de ser presidente del F.C. Barcelona a fundar un nuevo partido político, Democracia Catalana, con carácter independentista en el año 2010. Por su parte, George Weah después de retirarse del fútbol profesional, habiendo logrado consagrarse como el mejor jugador del mundo en 1995, se dedicó a la política y desde enero de 2018 es el presidente de su país, la República de Liberia. [2] Tal como nos describen Smith y Peltier (2018) el caso francés es extremadamente significativo. En Francia el fútbol significa clase trabajadora y las partes más conflictivas que rodean París son vistas no solo como barrios marginales y conflictivos sino como semilleros de talento. Un tercio de los convocados de la selección gala para el mundial de 2018 surgieron en esos barrios conflictivos. De esta manera, el éxito deportivo ayuda a esconder el amplio fracaso social y la abundancia de talento no debería hacernos olvidar la escasez de oportunidades. [3] Screti nos propone un símil futbolístico con el G7. Se entiende como G8 a los 8 países ganadores del mundial de fútbol, a saber: Uruguay, Brasil, Italia, Argentina, Alemania, Inglaterra, Francia y España. [4] Hasta 1976 la actual Copa del Rey rendía homenaje al generalísimo Francisco Franco llamándose Copa del Generalísimo. [5] Remarcar que ya no solo en el caso español, sino el fútbol en general es un reducto del machismo más clásico, siendo una fortaleza de la masculinidad entendida bajo la denigración de la homosexualidad o la sumisión de la mujer. Es un deporte que pese a aunar a personas de diferentes edades y de ambos sexos, continúa existiendo, lamentablemente, una fuerte discriminación hacia las mujeres, en tanto que no gozan ni del apoyo social ni de los recursos equivalentes para jugar este deporte (Cabello & Manso, 2010) (González López, 2016). [6] Según el estudio “La imagen de Cataluña en España” el F.C. Barcelona es un club con una alta carga simbólica. Tanto es así que a fecha de 2006 un 53% de los catalanes asociaba al club a la idea de Cataluña, por delante del 21% que lo asociaban a un equipo de fútbol o el 17% a la ciudad de Barcelona. Y esto siendo antes del auge del independentismo catalán y el posicionamiento del club hacía el derecho a decidir (Goig, 2006). [7] Un claro ejemplo de como las élites políticas tapan el malestar social con el fútbol lo vimos cuando el presidente Mariano Rajoy anunció en rueda de prensa el rescate financiero a España en 2012. Momento en el que aprovechó también para anunciar que viajaría a Polonia a ver jugar a la selección masculina nacional. Su país no se jugaba en la crisis económica sino en el terreno de juego. Así, llegó a pedir a los jugadores que ganaran para dar un subidón de moral al país en los tiempos tan complejos en los que se encontraban (González López, 2016).

Comentarios


Publicar: Blog2_Post
  • Instagram
  • Twitter
  • LinkedIn

©2021 por Max Sopena Rey.

bottom of page