El líder como creador del relato comunicativo: Un trono en juego

Actualizado: 17 nov 2021
1. Introducción
Las sociedades modernas viven un constante y exponencial cambio. Vivimos en un momento histórico marcado por la globalización; por un conjunto de cambios tecnológicos, políticos y sociales que han supuesto un aumento aún superior del poder de los medios de comunicación. Las sociedades actuales son cada vez más heterogéneas y complejas, lo que conlleva que los espacios culturales y comunicativos sean consecuentemente más abiertos y estén más relacionados entre sí. Tanto es así, que desde las ciencias sociales cada vez se habla más de la importancia que tiene la visión geoestratégica de la comunicación. Comprenderla es de vital necesidad para entender las interacciones entre los diferentes colectivos sociales, los cuales se sienten identificados, o no, con los emisores institucionales (o comerciales) que se dirigen hacia ellos.
Así, la prensa, la radio, la televisión e Internet tienen un gran impacto en la construcción de los imaginarios sociales, ya sea tanto en términos grupales como individuales. Tal y como afirma Comas de Argemir (2008) “los medios de comunicación no son solo un reflejo de la realidad, sino que también influyen en ella y la condicionan”.
Los medios de comunicación no son meramente espacios de divulgación de información, son herramientas para la formación de identidad, de reafirmación de discurso, creación de historia… En suma, podemos llegar a afirmar que son constructores de poder. De hecho, sin entrar en gran detalle para no complicarlo en exceso, históricamente el filósofo Montesquieu planteaba la diferenciación de poderes: ejecutivo, legislativo y judicial. En la era actual, sin embargo, cada vez es más evidente que existe otro ‘cuarto poder’: los medios de comunicación. Obviamente, en esta era de globalización la prensa ya no es únicamente escrita como antaño, tan siquiera la radio goza de una creciente importancia. Hoy en día se divulga y se comunica, también –y principalmente–, mediante la televisión e Internet. En este sentido, se ha pensado que la finalidad del conjunto de medios es la formación de opinión pública (Fernández Buey, 2012). Al ser los medios de comunicación instrumentos que llegan a la gran masa de público, son también una ventana perfecta para difundir ideologías y maneras de pensar determinadas. Y esto es poder.
Pero cuidado, porque cuando nombramos televisión puede venirnos a la cabeza rápidamente –y de hecho es lo normal– que nos estamos refiriendo a las telenoticias, pero no, o al menos no únicamente. Es evidente que, actualmente, las telenoticias se han convertido en uno de los mayores mecanismos de comunicación de noticias, pero la política está en muchos más ámbitos. De hecho, numerosas tesis apuntan a que en todo aquello relacionado con la cultura encontramos cierto mensaje político. Tanto es así que también podemos hacer análisis referentes a nacionalismos fijándonos en un partido de fútbol y sus posteriores tertulias; de conflicto de clases en los programas de investigación o sobre qué es el poder en series de televisión; siendo en estas últimas la gran destacada Juego de Tronos.[1]
De aquí, que Pablo Iglesias, junto a su equipo –un grupo de profesores especializados en ciencia política–, redactasen el libro Ganar o morir: lecciones políticas en Juego de tronos. Donde a través de los sucesos y lecciones que vemos en la serie planteasen los principios del surgimiento del partido. Las similitudes entre los escenarios de la ficción y la realidad sociopolítica que se vivían en España hacían idóneo el análisis de este libro. Iglesias y los suyos serían capaces de valerse de la popularidad y el atractivo de lo popular para explicar aspectos políticos y sumergir a la ciudadanía en los conflictos políticos de la España de 2011 en adelante. El libro fue todo un éxito y sirvió para dar a conocer aún más al partido que en ese momento llamarían Podemos.
El éxito, la importancia y la oportunidad que suponía conectar esta popularidad a la política ya la previnieron los autores, y así lo muestra el propio Íñigo Errejón –segundo de Iglesias y quién posteriormente dirigiría la campaña electoral de este en las primeras elecciones–, afirmando en el propio libro que “en la serie Juego de Tronos la política no es un telón de fondo o una posible lectura implícita, sino el corazón mismo de la trama, lo cual constituye una anomalía. Además, por su popularidad e impacto, sus definiciones sobre la política van a sedimentar mucho más en nuestras sociedades que ninguna clase o libro de ciencia política” (Iglesias, 2014: 67).
Para seguir con esta línea, en este artículo nos serviremos de esta idea para explicar la importancia de la relación que mantienen los líderes políticos y los medios de comunicación en la construcción de un relato. Todo ello utilizando la serie Juego de Tronos como hilo conductor y a Podemos como ejemplo.
2. Comunicación y liderazgo: la importancia del rey popular.
“Cualquier hombre que deba decir ‘soy el rey’, no es un verdadero rey.”
Tywin LannisterPartiendo de un momento histórico en el que la televisión se ha convertido en el mayor medio de comunicación social, la centralidad del líder frente a la organización es un hecho. Y esto, no sucede únicamente por la adecuación hiperpersonalista que impuso la estrategia sensacionalista del mercado, sino por el principio de simplificación que establece el lenguaje audiovisual (Platero, 2011). Gracias a la televisión, el líder puede acceder a las casas de los ciudadanos sin necesidad de recurrir a la mediación de militantes u otras estructuras de partido, pudiendo ofrecer así aspectos familiares de su personalidad. Las campañas electorales empezaron a pivotar sobre el líder de forma rápida, especialmente a partir de los debates entre candidatos.[2]
El líder político se ha convertido en el más importante de los tres pilares de la comunicación política –junto con el programa y el partido–, siendo la primera guía electoral de unos ciudadanos con dificultades de tiempo y medios para informarse adecuadamente de las distintas propuestas de las distintas opciones políticas. Así lo muestran estudios como los de Anduiza y Bosch (2012), en los que se demuestra que la importancia del líder en clave definitoria de voto viene creciendo exponencialmente en los últimos años.
De hecho, tal y como dice Tywin Lannister, ya no parece necesario que el líder de un partido salga frente a dos mil personas en un meeting y se nombre así mismo; para ser un líder sus acciones le deben señalar como tal, deberá, una vez esté al frente procurar ser imaginado como líder del conjunto de votantes, como su representación en la política institucional.
Como es obvio, los responsables de organización de campañas electorales de los partidos no son ajenos a esto y procuran trabajar aún más a fondo la figura del líder y su imagen. Siendo este concepto de imagen algo extremadamente complejo y que se compone de múltiples variables. Más adelante en el texto exploraremos cuáles son a priori las más relevantes.
Escoger un líder político no es tarea tan sencilla como puede parecerlo a ojos de un ciudadano de a pie. Tal y como afirma Berrocal (2004) “el liderazgo en el lenguaje político es un término estrechamente relacionado con el carisma”. Y no todos los expertos políticos tienen suficiente carisma, esta cualidad es interna de uno mismo, y aunque puede y debe trabajarse, es mucho más compleja que cualquier otra.
Ya muchos años atrás, el filósofo alemán Max Weber definía el carisma como cualidad en clave política, entendiéndolo como “una cualidad extraordinaria de una persona en virtud de la cual esta es considerada como poseedora de poderes y cualidades sobrenaturales o sobrehumanos, o cuanto menos excepcionales, no accesibles a los demás” (Weber, 2002). Este antiguo planteamiento de Weber ya dejaba clara la importancia de tener carisma, y lo único que resulta encontrar a alguien suficientemente carismático y que se complemente con las capacidades políticas y académicas que requiere ser líder de un partido político.
Evidentemente, vivimos en un momento y una sociedad diferente a la de Weber; en la actualidad, el carisma como cualidad del liderazgo ha evolucionado. Martín Salgado (2002) lo define como “algo diferente, más cercano a la popularidad, los candidatos no pretenden destacar por encima del ciudadano común, más bien al contrario: el líder político debe presentarse como alguien corriente, no distanciado del resto”. Así, triunfará quien represente los intereses de los ciudadanos y pueda presentarse como representación de la mayoría, ya que al fin y al cabo será esta mayoría, en tanto que votantes, los que determinaran su victoria política en las democracias occidentales.
En suma, el líder será la persona a la que el grupo considerará como jefe u orientador, necesitando así el reconocimiento de la mayoría. Así, ocupar un cargo político puede ser un síntoma de ser un líder, pero no una condición de posibilidad. Sobre esta línea, Berrocal (2004) plantea que “el liderazgo existirá en función de la comunicación y solo se demuestra a través de las conductas comunicativas”. Al final, y siguiendo con la afirmación inicial del padre de los Lannister, Tywin, en Juego de Tronos, no basta con creerse líder, para que exista auténtico liderazgo tiene que haber alguien que lo reconozca como tal.
3. Comunicación y liderazgo: ¿dónde reside el poder?
“El poder reside done los hombres creen que reside. Es un truco, una sombra en la pared. Y un hombre muy pequeño puede proyectar una sombra muy grande.”
Lord Varys.Hemos nombrado ya la importancia de ser reconocido por la población como líder, pero, ¿es realmente esto posible en las democracias occidentales? Bajo la premisa de una óptica puramente liberal parece imposible que exista un líder representante de la ciudadanía; y las dificultades en su construcción y consolidación en las instituciones serían mayúsculas. Así, desde una mira de carácter liberal, Robert Dahl en su reconocida obra La democracia (2012) nos dice que, para su existencia, es condición de posibilidad que todos los miembros sean considerados políticamente iguales. Afirma que “la democracia poliárquica solo ha existido en países con predominio de economías de mercado capitalista y nunca en países con predominio de economías que no eran de mercado” (Dahl, 2012: 192).
Sin embargo, podemos ver autores y autoras que ya pensaban la democracia desde otras lógicas. Por ejemplo, una visión republicana es la que encontramos en un autor clásico como Robespierre (1794), el cual entiende la democracia como “un Estado en el que el pueblo soberano, guiado por leyes que son el fruto de su obra, lleva a cabo por sí mismo todo lo que está en sus manos, y por medio de sus delegados todo aquello que no puede hacer por sí mismo”.
Pero hay otras aportaciones teóricas que dialogan entre la perspectiva liberal y republicana. La politóloga Chantal Mouffe en diversos trabajos ha defendido la tesis sobre la democracia radical y plural. En Por un populismo de izquierdas lo define así: “la democracia radical que defendimos entonces puede concebirse como una radicalización de las instituciones democráticas existentes, de manera que los principios de libertad e igualdad se vuelven efectivos en un creciente número de relaciones sociales” (Mouffe, 2018: 55). La concepción de la ciudadanía que defiende Mouffe es una visión diferente a la del liberalismo “que redujo la ciudadanía a un mero estatus legal que estable los derechos frente al Estado” (Mouffe, 1999: 92). La autora le da un papel más activo, ya que crítica que “las mentalidades orientadas a lo público, la actividad cívica y la participación política en una comunidad de iguales, son ajenas a la mayoría de los pensadores liberales” (Mouffe, 1999: 92).
Por tanto, hay ópticas que si plantean que la existencia de un líder no tiene por qué suponer necesariamente un componente antidemocrático. Ernesto Laclau (2005) en un diálogo con La Nación relativizó este posible componente antidemocrático poniendo como ejemplo el gobierno de Chávez en Venezuela, argumentándolo que “cuando las masas populares que habían estado excluidas se incorporan a la arena política, aparecen formas de liderazgo que no son ortodoxas desde el punto de vista liberal democrático, como el populismo. Pero el populismo, lejos de ser un obstáculo, garantiza la democracia, evitando que esta se convierta en mera administración".
El concepto de populismo ha tomado connotaciones muy negativas en los años recientes, sirviendo como herramienta para la crítica a muchos líderes políticos. Siendo Pablo Iglesias y su partido político –Podemos– el principal acusado en España. Pero la realidad es que en términos de ciencia política, el concepto de populismo dista mucho de ser un concepto negativo. Así, el mismo Laclau, en tanto que uno de los principales teóricos actuales sobre el término, afirmaba y enlazaba el papel del líder afirmando que:
“La crítica clásica al populismo está muy ligada a una concepción tecnocrática del poder según la cual solo los expertos deben determinar las fórmulas que van a organizar la vida de la comunidad. En el momento en que las masas se lanzan a la arena histórica, lo hacen a través de la identificación con cierto líder, y ese es un liderazgo democrático porque, sin esa forma de identificación con el líder, esas masas no estarían participando dentro del sistema político y el sistema político estaría en manos de elites que reemplazarían la voluntad popular” (Laclau, 2005).
De esta forma y enlazando con las ideas iniciales planteadas en el texto. Los candidatos electorales, y principales líderes de partido, necesitan a los medios de comunicación porque el electorado observa en los mass media las informaciones y propuestas de sus dirigentes (Berrocal, 2004). Así, los responsables de cualquier campaña electoral deberán procurar colocar a su candidato, a su líder, en el centro de los mass media. Si la figura del líder no consigue ser popular, central y objeto de debate no cobrará tanta relevancia y el fracaso puede ser mayor. De hecho, quizá incluso puede llegar a convenirles ser objeto de debates con connotaciones negativas, como lo fueron en su momento Podemos e Iglesias, porque así es como podrán crear el relato de confrontación amigo-enemigo (pueblo vs. casta); y pese a que a una parte del electorado se perderá, otro muy amplio se ganará. En suma, el objetivo es colocar a la pieza –el líder– en el tablero, y una vez se dé esto, gestionarla. Lo difícil, por mucho que pueda parecer lo contrario, en este caso, es saber cómo, dónde y cuándo colocarla.
Esto está claramente plasmado en Juego de Tronos. Tal y como afirma en su capítulo Iñigo Errejón, “el mundo de Juego de Tronos es un tablero de ajedrez en el que unos estrategas mueven sus tropas buscando la victoria. La lucha primera es por configurar el tablero, en un mundo marcado por una dislocación general” (Iglesias, 2014). Y, en suma, solo consiguiendo una posición dentro del tablero se obtendrá un relato de legitimidad, el líder necesita de relato, pues sin este, no podrá haber líder.
Todo ello nos lleva a una pregunta, en la actualidad, ¿está el poder del líder sumido a una simple silla y en la posición de ser el presidente? Pues la respuesta, a raíz de estos planteamientos parece clara, no. O veámoslo de otro modo, ¿dónde reside el liderazgo? Esto está perfectamente explicado en la mítica escena entre Lord Varys (también conocido como la Araña) y el enano Tyrion Lannister, en la cual el primero le plantea un acertijo al segundo:
VARYS. – Tres grandes hombres se sientan en un salón. Un rey, un sacerdote y un rico. Frente a ellos se encuentra un mercenario de baja cuna. Cada uno de los hombres quiere que mate a los demás. ¿Quién vive y quién muere?
TYRION. – Depende del mercenario.
VARYS. – ¿Si? Él no tiene corona ni oro, ni el favor de los dioses.
TYRION. – Tiene una espada, poder sobre la vida y la muerte.
VARYS. – Pero, si es el mercenario quien manda, ¿por qué fingimos que los reyes tienen todo el poder? […] El poder reside dónde los hombres creen que reside. Es un truco, una sombra en la pared. Y un hombre muy pequeño puede proyectar una sombra muy grande.La reflexión que podemos sacar de esto es extremadamente interesante. Un ‘rey’ cuenta en su poder con la fuerza que le proporciona un ejército, pero para construir un relato de legitimidad propio que justifique su posición, debe proyectar una sombra mayor que la de sus contrincantes (Iglesias, 2014: 59). El liderazgo es parte de ese poder, por eso el liderazgo reside en aquellas pensamos que son nuestros líderes. El liderazgo se gana, no te lo asignan.
Y más interesante aún es comprobar cómo lo destacan los líderes podemitas en el libro, ellos saben de dónde vienen y son conscientes de que su poder en momentos iniciales era más bien nulo. Se enfrentaban a un sistema político español profundamente anclado al bipartidismo PP-PSOE, pero no solo eso, sino también a unas elites políticas que vieron en ellos una gran amenaza hacia su statu quo.
4. Medios para la construcción de relato: la importancia de tener una historia.
“Cada uno de nosotros es pobre e indefenso, pero juntos podemos derrocar un imperio.”
High SparrowMuchos son los estudios que se han realizado en los años recientes sobre Podemos y su proceso de constitución como partido político, y no es de extrañar dadas sus circunstancias. Podemos, a diferencia de los partidos considerados como tradicionales en España, nace de una coyuntura que bebe del movimiento de los indignados, comúnmente conocido como 15M, y difunde su contenido a través de las redes y la fuerza de los cara a cara. Consolidando la figura de Pablo Iglesias, que se había hecho ampliamente popular debido a sus enfrentamientos frente a la casta en las tertulias más importantes de la televisión, como cabeza de lista.
El contexto parecía idóneo para la creación de una nueva fuerza de izquierdas alternativa. La ciudadanía española había salido a las principales plazas de las ciudades de España para manifestarse por la profunda crisis en la que se veían sumergidos, contra un sistema político corrupto y unos líderes políticos relacionados con las cloacas del Estado.
Así, tal como reconoció el responsable de campaña Iñigo Errejón la participación en los medios de comunicación para consolidar a Podemos fue fundamental, ya que supuso “un aprendizaje de la tarea de traducción de diagnósticos complejos en narrativas y marcos discursivos directos” (Errejón, 2014). Iglesias fue capaz de encarnar en instancias iniciales la frustración que se había visto en el movimiento transversal que fue el 15M, utilizando un lenguaje que le identificaba y con una imagen cercana a la de un ciudadano de a pie. Iglesias no vestía con traje y corbata de marca, sino que se plantaba frente a las elites del país en camisa y con su famosa coleta, con cierto aspecto desaliñado y utilizando un léxico fácilmente entendible para la mayoría de los ciudadanos. Así, como experto en ciencia política era capaz de mostrarse como uno más dentro del movimiento contra lo que denominaría casta. Apelando a discursos de carácter populista, Iglesias apeló a la ciudadanía a reivindicarse y contra el sistema con el objetivo de transformarlo, e incluso, si fuera necesario, destruirlo.
De esta manera, Iglesias y sus colaboradores consiguieron mediante la técnica comunicativa conocida como storytelling, el arte de contar historias, transformar una información en un relato, que representará una unidad de sentido por sí misma, capaz de lograr un mayor impacto, persuasión y recuerdo en su receptor. Los numerosos casos de corrupción en los partidos políticos tradicionales se tradujeron en una lucha entre ellos vs. nosotros, la situación económica en un punto de combate y la regeneración política en una necesidad.
Al ser partícipes del 15M e incorporar en sus discursos los problemas centrales que habían provocado esta excepcional movilización, los ciudadanos españoles vieron trasladadas sus emociones y sus malestares en dicho discurso, y por tanto, en Podemos, que en consecuencia era la figura de Pablo Iglesias. Señala Georges Lewi (2014) que “los consumidores de hoy tienen tanta necesidad de creer en sus marcas como los griegos en sus mitos. La marca se convertirá en mito cuando entre en resonancia con las creencias de los consumidores”. Iglesias sería en cierta medida esa marca, ese mito que pretendía convertirse en realidad y que rompiera la rueda de un juego de tronos trillado dominado hasta entonces por los que les habían llevado hasta aquí y en los que habían depositado su confianza mediante las elecciones.
“Un gobernante que mata a aquellos que le son devotos no es un gobernante que inspire devoción”
Tyrion LannisterLas emociones son de vital importancia en la construcción de la historia. El referente en la materia Manuel Castells señala en Comunicación y poder (2009) que las emociones “reclaman la función de la cognición y, a la vez, influyen en el proceso cognitivo”, de manera que se convierten en un componente fundamental, e incluso en cierta manera heurístico, para el procesamiento de la información y la toma de decisiones. “En definitiva, las emociones conmueven, atrapan, identifican… crean vínculos duraderos con las audiencias” (Castells, 2009).
Un relato constituye una novela de poder. Estos ayudan en la definición de los estilos de cada personaje, de cada líder, habiendo así múltiples escenificaciones de liderazgos. Estas suelen repetirse, pero no siguen necesariamente un mismo patrón, se van delineando de una forma que construye el discurso político. Esto puede ser desde la estética de la coleta y la camisa con mangas arremangadas hasta el vocabulario utilizado en el discurso. En suma, son elementos que constituyen una historia compartida, que consiguen evocar ciertos sentimientos o logros.
5. Efectos del relato: las dificultades de gestión del liderazgo mediático.
El éxito de Podemos fue rápido y exponencial. Parecía inimaginable tres años atrás que una fuerza política consiguiera romper el bipartidismo, pero así lo consiguieron. El relato se fue fraguando durante años a fuego lento, Podemos significó la explosión de ese malestar. Podemos salía para representar al pueblo contra las castas.
“Si le cortas la lengua a un hombre, no demuestras que estuviera mintiendo, sino que no quieres que el mundo escuche lo que quiere decir.”
Tyrion LannisterComo ya se ha nombrado, y como era evidente ante tal contexto, esto preocupó mucho a los grupos de poder más altos de la sociedad y se intentó desprestigiar a Podemos a través de acusaciones mediante los medios de comunicación. Las noticias que salían a la luz eran de gran interés público, pero Podemos reinvirtió la situación y supo canalizar este desprestigio a su favor. Iglesias y su cúpula directiva fueron capaces de hacer ver de nuevo a la ciudadanía española como desde las élites no interesaba su existencia y esto, fue, por una parte, extremadamente beneficioso para la formación morada y, por otra parte, un grave error para las campañas electorales de los demás partidos. Iglesias era el foco de atención, el líder de un partido que ni tan siquiera tenía representación en el Congreso como foco de debate, tachándolo de populista –con connotaciones negativas– e incluso de mentir y contar utopías para conseguir más votantes.
Pero Iglesias ya había conseguido ese liderazgo ideológico, transformador, visible… Desde Podemos se consiguió crear la imagen de Iglesias como un hombre honesto, progresista, inspirador y competente. El conjunto de estas cualidades, en este orden, es lo que los estudios estadísticos muestran como cualidades más valoradas en un líder (Orejuela, 2009). Él parecía gozar de todas y cada una de ellas, y además, con su coleta, sus arremangadas camisas y su imagen, dotaba de un carisma abismalmente superior al de sus competidores electorales.[3] Todo ello le otorgaba una clara imagen de credibilidad.
“No hay criatura en la tierra que sea tan terrorífica como un hombre verdaderamente justo.”
Lord VarysTal y como plantea Gutiérrez-Rubí en La política del relato (2008):
“El efecto de un buen relato perdura y resiste al tiempo y los envites. El político como narrador es el nuevo reto para una interpretación actualizada y contemporánea del proyecto político. […] El relato político puede generar empatía y configurar una explicación con capacidad integradora, construyendo liderazgo social. El liderazgo social es imprescindible para la transformación y la acción política” (Gutiérrez-Rubí, 2008).
Así, continuando el planteamiento de Gutiérrez-Rubí (2008), no puede haber líder sin un relato, de la misma manera que el relato no existe sin un narrador que lo imagine, lo construya y lo transmita. Y el relato no es una retahíla de palabras, ideas o datos. El relato es una historia que cobra vida y es efectivo cuando transmite, evoca, comunica, emociona, moviliza, seduce, identifica, compromete y convence desde la veracidad de lo que sentimos como auténtico. Podemos ya había conseguido todo ello, gozaba del liderazgo mediático y consiguió entrar en el poder institucional en sus primeras elecciones. Pero la gestión mediática en este contexto, como ya se ha dicho páginas atrás, tampoco sería fácil. La situación cambiaria en el momento en que Podemos pasa de beber del movimiento a intentar representarlo.
“Déjame darte un consejo, bastardo. Nunca olvides lo que eres, el resto del mundo no lo hará. Llévalo como una armadura y nunca lo usarán para herirte.”
Tyrion LannisterEl éxito tras las elecciones europeas de 2014 fue más que notable, y es que pese a no salir vencedor en cuanto número de escaños, si consiguió lograr su objetivo: hacer tambalear el sistema político de partidos y destruir el bipartidismo. El problema, así, vendría entonces en como las circunstancias les obligasen a realizar acciones que anteriormente decían no entrar en sus tesis. Ya Maquiavelo dijo en El Príncipe “[…] conviene notar que el natural de los pueblos es variable. Se podrá hacer creer fácilmente una cosa; pero habrá dificultad para hacerlos persistir en esta creencia” (Machiavelli, 2009). Así, será fácil hacer creer a la ciudadanía en ello, pero mantenerla movilizada es extremadamente difícil. Podemos necesitaba esta movilización y procuró mantenerla y ser fiel a esta, pero las condiciones no eran las mismas y la adaptación a los nuevos contextos en los que se encontraban como partido político con ya representación institucional se antojaba compleja.
6. Conclusiones: del liderazgo a la historia.
“Yo estaba tratando de ganar el trono para salvar el reino, cuando debería intentar salvar el reino para ganar el trono.”
Stannis BaratheonCon el paso de los años y los sucesos que han rodeado a Podemos como partido, este parece estar perdiendo cada vez mayor fuelle. Esto se demuestra claramente en la tendencia a la baja que muestran los resultados de las recientes elecciones, habiendo perdido numerosos escaños tanto en las pasadas generales del 28 de abril de 2019 como en las autonómicas y municipales del 26 de mayo del mismo año.[4]
Esto coincide con el desgaste cada vez mayor de Pablo Iglesias como líder. Sus múltiples disputas internas han hecho de Iglesias un líder que poco agrada incluso entre sus votantes. Se le empieza a concebir como alguien anclado a su posición, parece el líder absoluto del partido, pero no de su gente; y menos, de sus colaboradores. Y cuidado, su posición de liderazgo absoluto no difiere con la que se mostraba en los inicios del partido; lo que cambia es el contexto. En definitiva, lo que se diferencia es el relato, la historia. Esta avanza y sigue su corriente, pero la actualidad política española vive en un drástico y continuo cambio que se agrava ante una situación convulsa.
Ya no es solo la crisis económica, el conflicto catalán, englobado bajo el término coloquial procés independentista, se ha colocado en primera línea de la agenda política, y la imagen dada por el partido en los medios ha sido la de no posicionarse. Podría ser discutible la realidad de esto, si Podemos se ha posicionado o no, pero lo que muestran por los medios es una equidistancia que no agrada ni a unos ni a otros. En este sentido, Podemos y sus múltiples confluencias han visto como desde los discursos más categóricos de otros partidos, su posición frente al relato catalán ha quedado muy desestimada.
Volviendo al desgaste como líder. Si se sigue la actualidad política española, los medios de comunicación han dejado bien claro cuál es el problema de Podemos y, concretamente, de Iglesias: sus disputas internas. Primeramente, en un intento por englobar a mayor número de fuerzas de izquierda progresista incorporó a Izquierda Unida y se presentaron conjuntamente. Lo mismo se hizo con ICV en Cataluña. Esto parecía, a priori, una decisión ganadora, un pacto con el que conseguir mayor número de votantes, pero la realidad fue muy distinta. La imagen de partido nuevo y de regeneración se ha ido diluyendo con el paso de las elecciones y Podemos cada vez recuerda más a lo que en su día era IU.
Los fundadores de Podemos, como Iñigo Errejón, han ido abandonando el partido, no sin antes mostrar un espectáculo en los medios de comunicación digno de programa del corazón. La separación del líder y colaboradores parece cada vez mayor. Y recordamos que, sin líder no hay colaboradores, pero sin colaboradores, tampoco hay líder (Garay, 2010).
Estableciendo un símil con la magnífica frase que decía Stannis Baratheon en Juego de Tronos, los actos de Podemos –y de Iglesias concretamente–, parecen dejar claro que su intención y su objetivo inicial fue asaltar el poder y conseguir ser presidente del gobierno, puesto desde donde parecía poder salvar a una ciudadanía sumida en un profundo malestar. Pero, con el tiempo, quizá sus actos han ido en sentido contrario, el 15M no tenía poder institucional, pero tenía el poder popular, el cual puede llegar a ser igual o más de poderoso; lo mismo tuvo Iglesias en sus inicios, pero su gestión le hizo desenfocarse del objetivo. Aprovechar el impulso del 15M no es suficiente, había que trasladarlo y representarlo en las instituciones. Y durante este traslado los primeros pasos fueron muy buenos, pero los siguientes fueron defectuosos.
La batalla que tenía ganada Pablo Iglesias en la televisión frente a la casta se ha tornado en su contra. Es cierto que en los debates y entrevistas sigue manejándose muy bien, mostrándose creíble, pero la imagen de Iglesias está muy truncada. Ahora es un dirigente, pero ya no un líder. Como dirían en Juego de Tronos, o consiguen revertir esta situación, o “se acerca su invierno”. Y él es consciente de ello, así lo narra en la reciente entrevista junto con su compañero de partido Juan Carlos Monedero, donde afirma que “un partido político no puede depender de sus líderes. Un líder se acaba en cualquier momento y el proyecto colectivo tiene que estar por encima” (Iglesias, 2019).
Al final, lo que demuestra todo esto es que el líder tiene muchísima importancia en el discurso, pero también la historia. Dan igual sus condiciones, lo importante es la historia; esta es la cualidad más importante de la que ha de gozar un líder: haberse construido un relato. El cual debe ser plasmado en la televisión, así como en las redes o la prensa escrita. Solo así conseguirán vencer políticamente.
Y ¿cómo se construye un relato? ¿Qué hace que una historia agrade al público? Pues verse reflejados en ella; el poder empatizar con sus ‘personajes’ –en el caso de la política, con sus diputados–. Los verdaderos héroes no suelen salir en las historias, o al menos no son los protagonistas. Todos sabemos las historias de batallas, pero, ¿alguien se ha preguntado alguna vez que habría hecho cualquiera de los dirigentes sin su ejército? ¿Qué sería de William Wallace sin sus seguidores? ¿Y de Sherlok Holmes sin su Dr. Watson? O por hacerlo más místico, ¿qué habría hecho Harry Potter sin sus compañeros magos? Nada. Tal como muestra la cultura, quién construye la historia no es líder, sino los que no salen en ellas, los que no salen en el libro como protagonistas. En el caso de Podemos, ¿Quién construyó la historia entonces? Pues simple, la ciudadanía española que se movilizó durante el 15M. El líder es la representación de todos ellos, pero no puede olvidarse de donde viene y que le ha llevado ahí, o si no, no podrá aunar el poder suficiente para lograr un cambio.
“¿Qué une al pueblo? ¿Las huestes, el oro, las banderas? Las historias. No hay nada más poderoso en el mundo que una buena historia. Nadie puede detenerla. Ningún enemigo puede vencerla. Y, ¿quién tiene mejor historia que Bran el Tullido?”
Tyrion Lannister7. Referencias
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[1] Juego de Tronos, en inglés Game of Thrones (2011), es una serie de televisión estadounidense de fantasía medieval creada por David Bennioff y D. B. Weiis para la cadena por cable HBO. Esta está basada en la serie de novelas Canción de hielo y fuego del escritor George R. R. Martin. Su trama gira en torno al drama político entre distintas dinastías por el poder que supone controlar y sentarse en el Trono de Hierro. [2] El primer gran debate entre candidatos se produjo en Estados Unidos entre Nixon y Kennedy en 1960 y marcó un punto de inflexión en la comunicación política. [3] Tal era la magnitud de importancia de la figura de Pablo Iglesias para Podemos que desde la dirección de su campaña electoral decidieron que el logo de la papeleta con la que se presentarían a sus primeras elecciones sería la propia cara de Iglesias. Esto mostraba dos puntos clave, por una parte que la gran mayoría de votantes conocía más a la figura de Iglesias que al propio partido, mostrando así con claridad la tesis planteada en este artículo sobre la gran y creciente importancia figura del líder en las campañas políticas. Pero también puede leerse bajo otra clave; este movimiento fue muy criticado por sus seguidores, incluso por los más apegados al partido, porque parecía denotar olvidar de donde venían (Álvarez, 2014). Pese a ello, el tiempo dio la razón a los responsables de campaña, llegando a repetir la misma fórmula poco tiempo después Íñigo Errejón y Manuela Carmena por la nueva candidatura Más Madrid y la activista Ada Colau -quien había sido una de las más críticas con esta decisión-. En ambas ocasiones con bastante éxito electoral. [4] Los datos muestran como en las últimas elecciones Podemos, aún dirigido por Pablo Iglesias, ha perdido de manera general hasta 68 escaños entre todas y cada una de las comunidades autónomas en las que tenía representación. Siendo cifras no aisladas, sino siguiendo una tendencia de varias elecciones.



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